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“Si no se ama, se envejece antes, nos volvemos malos” Destacado

“Si no se ama, se envejece antes, nos volvemos malos”

“Si no se ama, se envejece antes, nos volvemos malos”

En la Misa de canonización de 35 nuevos santos en la Plaza San Pedro, el Papa advirtió sobre «una vida cristiana de rutina, sin impulso, con la memoria corta»

«Sin amor, la vida cristiana es moral imposible, estéril, hay que decir “Sí” al amor con la vida, no con palabras», afirmó el Papa en la homilía de la Misa de canonización de 35 santos, concelebrada con cardenales, obispos y sacerdotes. Y «si no se ama, se envejece antes, nos volvemos malos», advirtió. «Los santos canonizados hoy, sobre todo todos los Mártires, indican la vía del amor —explicó el Pontífice. Ellos no dijeron “Sí” al amor con palabras y por un poco, sino con la vida y hasta el final. Su vestido cotidiano ha sido el amor de Jesús, ese amor de locura con que nos ha amado hasta el extremo, que ha dado su perdón y sus vestiduras a quien lo estaba crucificando. También nosotros hemos recibido en el Bautismo una vestidura blanca, el vestido nupcial para Dios. Pidámosle, por intercesión de estos santos hermanos y hermanas nuestros, la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, y de mantenerlo limpio. ¿Cómo hacerlo? Ante todo, acudiendo a recibir el perdón del Señor sin miedo: este es el paso decisivo para entrar en la sala del banquete de bodas y celebrar la fiesta del amor con Él». Y advirtió: « Este es el peligro: una vida cristiana rutinaria, que se conforma con la “normalidad”, sin vitalidad, sin entusiasmo, y con poca memoria. Reavivemos en cambio la memoria del amor primero: somos los amados, los invitados a las bodas, y nuestra vida es un don, porque cada día es una magnífica oportunidad para responder a la invitación». 

El Pontífice puso en guardia sobre las tentaciones de la autorreferencialidad y del egoísmo: «se prefiere apoltronarse en el sillón de las ganancias, de los placeres, de algún hobby que dé un poco de alegría, pero así se envejece rápido y mal, porque se envejece por dentro; cuando el corazón no se dilata, se cierra. Y cuando todo depende del yo ―de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero― se acaba siendo personas rígidas y malas, se reacciona de mala manera por nada, como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar a quienes llevaban la invitación, sólo porque los incomodaban». 

Pronunciando la fórmula de canonización en la Plaza San Pedro, Francisco proclamó a 35 nuevos santos: los brasileños Andrés de Soveral, Ambrósio Francisco Ferro y el laico Mateus Moreira y otros 27 compañeros asesinados entre el 16 de julio y el 3 de octubre de 1645, en sus respectivos lugares de misión; los tres niños mexicanos Cristóbal, Antonio y Juan, conocidos como los mártires de Tlaxcala; el español Faustino Miguez, fundador del instituto calasancio Hijas de la Divina Pastora y el sacerdote franciscano italiano Luca Antonio Falcone. 

Después del anuncio de la canonización se elevó un gran aplauso entre la multitud de fieles que llenaban la Plaza, con grupos de peregrinos y delegaciones oficiales de los países de origen de los nuevos santos. El Papa saludó a los responsables de las delegaciones en la «Capilla de la Piedad», antes de la Misa. 

«La parábola que hemos escuchado —explicó el Papa— nos habla del Reino de Dios como un banquete de bodas. El protagonista es el hijo del rey, el esposo, en el que resulta fácil entrever a Jesús. En la parábola no se menciona nunca a la esposa, pero sí se habla de muchos invitados, queridos y esperados: son ellos los que llevan el vestido nupcial. Esos invitados somos nosotros, todos nosotros, porque el Señor desea “celebrar las bodas” con cada uno de nosotros» 

De hecho, prosiguió Jorge Mario Bergoglio, «nuestra relación con Dios no puede ser sólo como la de los súbditos devotos con el rey, la de los siervos fieles con el amo, o la de los estudiantes diligentes con el maestro, sino, ante todo, como la relación de la esposa amada con el esposo». En otras palabras, «el Señor nos desea, nos busca y nos invita, y no se conforma con que cumplamos bien los deberes u observemos sus leyes, sino que quiere que tengamos con él una verdadera comunión de vida, una relación basada en el diálogo, la confianza y el perdón» 

Esta, recordó el Papa, es «la vida cristiana, una historia de amor con Dios, donde el Señor toma la iniciativa gratuitamente y donde ninguno de nosotros puede vanagloriarse de tener la invitación en exclusiva; ninguno es un privilegiado con respecto de los demás, pero cada uno es un privilegiado ante Dios». Y, añadió el Papa, «de este amor gratuito, tierno y privilegiado nace y renace siempre la vida cristiana. Preguntémonos si, al menos una vez al día, manifestamos al Señor nuestro amor por él; si nos acordamos de decirle cada día, entre tantas palabras: “Te amo Señor. Tú eres mi vida”. Porque, si se pierde el amor, la vida cristiana se vuelve estéril, se convierte en un cuerpo sin alma, una moral imposible, un conjunto de principios y leyes que hay que mantener sin saber porqué». 

En cambio, aclaró Francisco, «el Dios de la vida aguarda una respuesta de vida, el Señor del amor espera una respuesta de amor. En el libro del Apocalipsis, se dirige a una Iglesia con un reproche bien preciso: “Has abandonado tu amor primero”». Pero el Evangelio, puntualizó el Papa, «nos pone en guardia: la invitación puede ser rechazada. Muchos invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses: “Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”, dice el texto. Una palabra se repite: sus; es la clave para comprender el motivo del rechazo». Los invitados, efectivamente, « no pensaban que las bodas fueran tristes o aburridas, sino que sencillamente “no hicieron caso”: estaban ocupados en sus propios intereses, preferían poseer algo en vez de implicarse, como exige el amor». 

He aquí cómo, según Francisco, «se da la espalda al amor, no por maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación, las comodidades…». Entonces el Evangelio «nos pregunta de qué parte estamos: ¿de la parte del yo o de la parte de Dios? Porque Dios es lo contrario al egoísmo, a la autorreferencialidad». Él, nos dice el Evangelio, «ante los continuos rechazos que recibe, ante la cerrazón hacia sus invitados, sigue adelante, no pospone la fiesta. No se resigna, sino que sigue invitando. Frente a los “no”, no da un portazo, sino que incluye aún a más personas. Dios, frente a las injusticias sufridas, responde con un amor más grande. Nosotros, cuando nos sentimos heridos por agravios y rechazos, a menudo nutrimos disgusto y rencor. Dios, en cambio, mientras sufre por nuestros “no”, sigue animando, sigue adelante disponiendo el bien, incluso para quien hace el mal. Porque así actúa el amor; porque sólo así se vence el mal. Hoy este Dios, que no pierde nunca la esperanza, nos invita a obrar como él, a vivir con un amor verdadero, a superar la resignación y los caprichos de nuestro yo susceptible y flojo». 

Y hay un último aspecto en el Evangelio que el Papa explicó: «el vestido de los invitados, que es indispensable. En efecto, no basta con responder una vez a la invitación, decir “sí”, y ya está, sino que se necesita vestir un hábito, se necesita el hábito de vivir el amor cada día. Porque no se puede “Señor, Señor” y no vivir y poner en práctica la voluntad de Dios». Por lo cual, «tenemos necesidad de revestirnos cada día de su amor, de renovar cada día la elección de Dios». 

LaStampa

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